Creo que normalmente somos como ratones metidos en una de esas ruedas, vamos dando vueltas y vueltas a la rueda sin avanzar realmente. Creemos que avanzamos, nos estamos esforzando, gastamos mucha energía y sin embargo, ¿mejora en algo nuestra vida?

Siempre tenemos algo importante que hacer, un objetivo que alcanzar, una meta que conseguir… Siempre estamos ocupados y preocupados por el siguiente hito en nuestra vida. Puede ser casarte, tener un hijo, conseguir ese ascenso, viajar a ese destino soñado… en mi caso es este cambio de profesión en el que estoy inmersa, dedicarme al crecimiento personal a tiempo completo.

Todo el mundo te dice “disfruta el camino” ahí es donde está la felicidad. Y yo creía que estaba disfrutando el camino, sin embargo hace poco tuve una revelación y me di cuenta de un peso que he estado cargando sin darme cuenta.

He llevado a cuestas una gran exigencia conmigo misma que me decía que la vida solo merecía la pena ser vivida si conseguía el objetivo profesional que me he marcado. Sentía que si no lo conseguía estaba desperdiciando mis capacidades, mis conocimientos, mis talentos… Como que estaba desperdiciando mi vida… Me decía “tengo todo esto a mi favor: vivo en un país desarrollado, tengo un maravilloso entorno que me apoya, soy una persona inteligente y despierta, no tengo hijos que me quiten energía, tengo que aprovechar todo esto al máximo, si no lo hago no estoy haciendo el máximo con mi vida, mi vida será un fracaso, cuando llegue a los 70 años miraré atrás y estaré decepcionada conmigo misma y con mi vida.”

¡Y yo que pensaba que estaba disfrutando el camino! Cuando en realidad estaba cargando esta exigencia conmigo misma sin darme cuenta. ¡Qué tema!

El caso es que hace poco tuve una revelación.

Estoy empezando a ver que la vida merece la pena ser vivida por si misma. Creo que la vida es un regalo, y el mayor honor que puedes hacerle a la vida es vivirla en su plenitud y para mi eso significa ser consciente de toda la magia y belleza que te rodea. Estar agradecido por estar vivo y poder disfrutar de todo lo que la vida tiene que darte.

Disfrutar del cariño de tu familia y amigos; disfrutar de poder usar tu cuerpo para caminar, bailar, hacer deporte; disfrutar del olor a primavera; disfrutar ¡de estar vivo!

Se que es un discurso que seguramente ya habrás escuchado. Yo también lo había escuchado, pero creo que lo estoy empezando a entender ahora. Y, sobretodo, lo estoy empezando a SENTIR ahora.

No significa que no siga persiguiendo mis objetivos. Siguen estando ahí. Sigo trabajando en ellos todos los días. Pero ya no me pesan tanto. Me siento más relajada. Mi exigencia ha bajado. Siento que he dejado de dar vueltas a la rueda como un ratón. He parado y he empezado a mirar a mi alrededor.

Se que llegar aquí ha sido un proceso. No he llegado de la noche a la mañana. Creo que está llegando porque he trabajado en varios frentes:

  • Bajar el nivel de sufrimiento: cuando mis clientes están en un nivel de sufrimiento muy alto son incapaces de mirar más allá, les consume sus dramas y problemas. Este nivel de sufrimiento lo causa la mente y las cosas que nos decimos. Nos comparamos, nos hablamos mal, nos criticamos, y nos frustramos constantemente porque las cosas no son como queremos.

    ¿Qué pasaría si empiezas a bajar el volumen de tu exigencia?

     

  • Subir el nivel de agradecimiento: cuando dejas de sufrir y bajas tu nivel de exigencia empiezas a agradecer. ¡Qué maravilloso cuando empiezas a agradecer! Quizás al principio agradeces tu casa, tu pareja, tu familia… pero hay un momento en que empiezas a agradecer tus manos, tus ojos, la respiración que te mantiene con vida… todas las células de tu cuerpo que hacen su función para que puedas estar aquí. Y de ahí empiezas a agradecer la vida y empiezas a verla en toda su magia.

    ¿Qué pasaría si empiezas a agradecer más?

     

Creo que conseguir esto es el mayor de los éxitos. Yo no estoy en este estado permanentemente, la verdad, pero voy atisbando esa sensación a ratos y empiezo a entender que de eso se trata estar vivo. De dejar el parloteo mental que te hunde en comparaciones, envidias y sufrimientos para poder ver el milagro de que estés aquí y ahora, “simplemente” respirando…

¿Qué parloteo interno evita que disfrutes del camino? ¡Descúbrelo y quítate ese peso de encima!